Martínez formaba parte del Batallón de Inteligencia 601, como Personal Civil de Inteligencia (PCI). La información que brindó el Ejército indica que prestó servicios a esa dependencia militar entre el 1 de marzo de 1982 y el 31 de diciembre de 1983. En una sentencia judicial, el juez federal Ariel Lijo consideró al 601 como “un engranaje de relevancia para el accionar de la dictadura y la concreción de crímenes de lesa humanidad”.

Martínez era apenas un PCI entre los miles que fueron adoptados por la estructura de inteligencia militar para infiltrarse en sindicatos, universidades, organizaciones sociales para trasladar información al Batallón, que luego se valoraría en la Central de Reunión del 601. Con esa información, se ejecutarían las tareas que correspondieran para hacer más eficiente la represión ilegal. El jefe del Batallón 601 era el coronel Alfredo Valín. Durante la dictadura, desaparecieron 105 obreros en todo el país, 60 de ellos en Capital Federal. Martínez no fue el único “albañil” que respondía a la inteligencia militar (véase recuadro “Los otros albañiles´...”).

Cuando la dictadura empezó a desmoronarse, y el proyecto sindical de permanencia pensado por los militares perdía sustento, Martínez ya estaba afincado dentro del gremio. No se movería. Con la democracia a la vista, empezó a hacer un trabajo político más fino con delegados de obras de la Capital Federal, quienes le podían reportara la adhesión de afiliados, e impedir, de este modo, el regreso “de los viejos” de la lista Marrón. Hizo un muy buen trabajo. En las elecciones de 1984, la dupla Farías-Martínez, de la Lista Blanca venció a la Lista Marrón. Farías fue electo secretario general del gremio y Gerardo Martínez, su secretario de Organización. El mismo cargo, pero en la UOCRA Capital, obtuvo su amigo y compradre Hugo Ferreyra, que lo acompaña hasta hoy. Otro de los vocales de la lista Blanca, Raúl Leiva, también agente civil del Batallón 601 (aparece en el listado de PCI), obtuvo un puesto de vocal (ver recuadro). Un ex CNU, el doctor Julio Lamela, formó parte del equipo de asesores legales del gremio.


La acción gremial en tiempos de Alfonsín fue conduciendo a Martínez a espacios de relevancia. Se convirtió en uno de los “jóvenes brillantes” del cervecero Saúl Ubaldini, titular de la CGT, junto a José Luis Lingeri (OSN), Rodolfo Daer (Panaderos) y Andrés Rodríguez (UPCN). También formaba parte de las 62 Organizaciones Peronistas y se mantenía subordinado al “Sargento” Alejo Farías, pero con la certeza de que él mismo, tarde o temprano, se quedaría con el gremio. Todavía era joven. En 1988 tenía apenas 32 y la capacidad de interpretar cuándo llegaría su momento. A un dirigente de UOCRA que preparaba una lista para enfrentar a Farías, le explicó: “Bajate que lo hacemos ganar y después lo volteamos”. No mentía.


En 1988 Farías obtuvo su segundo mandato. Un año más tarde, con Carlos Menem como presidente, Gerardo Martínez ingresó al Estado. El ministro de Trabajo Jorge Triacca lo designó su jefe de Gabinete. Desde allí, podía intervenir en favor de distintos gremios, pero su intención fue mellar el poder de Farías, que había quedado anclado en el “ubaldinismo” mientras él, Martínez, ya quería colocar al sindicato en la órbita de la nueva tendencia: el menemismo.


Ese mismo año, con un amplio trabajo en todo el país, (logró el apoyo de ex cuadros de inteligencia de la dictadura, asentados en la UOCRA de Rosario y Santa Fe), Martínez logró desplazar a Farías. Seis meses después, como candidato único, obtuvo la conducción del gremio, que al día de hoy no abandonaría.


Cinco años más tarde, en 1995, alcanzaría la jefatura de la CGT. Y luego viraría hacia Eduardo Duhalde (le hizo grabar un video al ex presidente con un saludo para su madre, en su cumpleaños 70) y más tarde, después del 2003, haría un algo forzoso ingreso al calor oficial, a través del control gremial de la obra pública del Ministerio de Planificación y manteniéndose dentro de los parámetros de la “sintonía fina” para los acuerdos paritarios.
Cuando desde algunas líneas del gobierno lo sondeaban como posible sucesor de Hugo Moyano en la CGT, su aparición en la lista de agentes civiles del 601, le hizo perder cierto lustre en la consideración oficial, pero ningún funcionario se animó a vertir alguna declaracion pública en su contra. Desde la Secretaría de Derechos Humanos trataron de atenuar el impacto con un comunicado laudatorio. Según fuentes consultadas en esa oficina, es el primero que se recuerde para un ex agente de inteligencia de la dictadura. (ver recuadro).


Asentado en una poderosa estructura que recauda alrededor de diez millones de dólares mensuales del medio millón de los afiliados de la UOCRA, sin enemigos internos, y a la búsqueda de un apoyo oficial más explícito (logró una foto con la Presidenta en Cannes después del triunfo en las elecciones de octubre), Gerardo Martínez prefiere que su paso como agente civil en la dictadura no manche su foja de servicios gremiales.


Quizá algún día le informe a la Justicia cuál fue su tarea en la inteligencia militar, quién lo reclutó, cuál era la naturaleza de sus informes a la dictadura y a quién reportaba en el Batallón 601 durante el genocidio. Quizá lo haga. En la solicitada publicada bajo su firma en Página/12 del año pasado Gerardo Martínez reivindicó “el camino de la memoria, la verdad y la justicia”. Ahora, además de reivindicarlo, tiene la oportunidad de recorrerlo.

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